viernes 17 de julio de 2009

LA IGNORANTE SUPERSTICIÓN DE LA ORIGINALIDAD

“La ignorante superstición de la originalidad”. La frase es de Borges. Se refiere a la manera como un texto evoca a otros textos, la manera como dialogan las nuevas y viejas creaciones de la literatura. No se parte de cero. Los viejos cimientos se reconstruyen y releen en las nuevas creaciones. La originalidad es una ilusión.

El contexto completo de la frase se halla en la Antología poética de Francisco de Quevedo que Borges preparó para Alianza Editorial (El libro de bolsillo No. 873). La frase está en el prólogo. El pasaje completo es el siguiente:
Nuestro siglo ha perdido, entre otras cosas, el arte de la lectura. Hasta el siglo dieciocho ese arte era múltiple. Quienes leían un texto recordaban otro texto invisible, la sentencia clásica o bíblica que había sido su fuente y que el autor moderno quería emular y traer a la memoria. Quevedo quería que el lector de los versos

Huya el cuerpo indignado con gemido debajo de las sombras

pensara en el fin de la Eneida

Vitaque cum gemitu fugit indignata sub umbras

Otro ejemplo. Quevedo famosamente escribe

Polvo serán, mas polvo enamorado

para que quien leyere recuerde a Propercio:

Ut meus oblito pulvis amore jacet.

Nuestro tiempo, devoto de la ignorante superstición de la originalidad, es incapaz de leer así.
Es inútil empeñarse en conseguir la originalidad por sí misma. Alguien, alguna vez, ha dicho antes que yo lo que en la soledad de mi texto he creído concebir. Ello atañe por igual a personajes, situaciones, puntos de vista, incluso frases enteras, estructuras y metáforas. Creo ser el inventor del ángulo de 180 grados (mírenme, lo ingenioso que yo soy: igualo en un plano los dos lados de un ángulo cualquiera y voilà, que obtengo un ángulo peculiar, una sola línea, perfecta en su rectitud), ignorante del hecho de que ya todos los círculos del mundo se han puesto de acuerdo, desde el inicio mismo de los tiempos, para medirse el diámetro utilizando la misma línea que acabo de inventar, recta, peculiar, perfecta y con el mismo número de grados.

Y ya que he mencionado las matemáticas: ¿qué decir de aquella controversia entre Leibniz y Newton, por ver quién ideó primero el cálculo infinitesimal? Hay en Wikipedia un artículo que trata por extenso el tema (Leibniz and Newton calculus controversy), así que no voy aquí a abundar en datos. Diré tan sólo que la controversia duró sus buenas dos décadas en vida de ambos matemáticos, hasta la muerte de Leibniz, pero ellos mismos perdieron al final el interés en la misma. "Ahora que estoy viejo", escribió Newton, "encuentro poco placer en los estudios matemáticos". Leibniz mismo, a pesar de ser el más interesado en aclarar la situación (había sido acusado injustamente de plagio por la sospecha en su contra de que había tenido la ocasión de leer un manuscrito inédito de Newton), renunció a la controversia, guardó silencio y dio esta explicación, que traducimos del mismo artículo de Wikipedia:
Para responder punto por punto al trabajo publicado en mi contra, tendría que examinar en detalle una gran cantidad de minucias ocurridas hace treinta o cuarenta años, de las cuales apenas me acuerdo: tendría que buscar mis viejas cartas, de las cuales muchas se han perdido. En la mayoría de los casos no conservo copia alguna de esas cartas, y en los otros casos las cartas yacen sepultadas bajo un cúmulo de papeles del cual sólo podría ocuparme con suficiente tiempo y paciencia; pero apenas he tenido oportunidad para ello, cargado como estoy de ocupaciones de naturaleza enteramente distinta.
Me agrada la explicación de Leibniz. No es casual que, antes de hablar de papeles, hable de las "minucias" de su memoria. Esos papeles refieren de manera metafórica el funcionamiento de la memoria. En el desorden de la memoria, la de Leibniz y la de cualquier persona, los viejos conocimientos, sus rutas, vínculos, claves y evidencias, se destruyen, o en el mejor de los casos se extravían bajo el túmulo de lo nuevo y no habrá nunca tiempo ni paciencia suficientes para sacarlos otra vez a la luz. ¿En dónde, en qué punto remoto de la trayectoria vital encontré y asimilé la idea que ahora exhibo como mía y de la cual reclamo la autoría? No lo sé; tendría que buscarlo bajo un túmulo enorme de papeles y de todas formas no sé si lo encontraré. Me faltan fuerzas para una empresa así. Y no tengo tiempo.

Voy de regreso a Borges, quien termina así su poema "Laberinto", contenido en el libro Elogio de la sombra:
No existe. Nada esperes. Ni siquiera
En el negro crepúsculo la fiera.
La fiera referida es un minotauro tan inminente como improbable. ¿Alguna vez llegará hasta el protagonista (el "tú" sin nombre que se halla atrapado en el laberinto) el célebre minotauro a tirar por fin su única y mortal embestida? El poema sugiere dos alternativas igualmente desfavorables para el cautivo. En la primera alternativa, aparece la fiera y tira su cornada; en ese caso, el "No existe" del penúltimo verso sería una mera distracción para la mente, una manera de decir "no vale la pena que te ocupes de pensar en la fiera: llegará en su momento, cuando la fiera quiera, y estarás perdido". En la segunda alternativa, la fiera en verdad no existe, no hay ni que esperarla: estás encerrado porque sí, tu laberinto no tiene sentido, súfrelo a solas. La muerte a un lado y el sinsentido de la vida al otro: he ahí las dos alternativas del cautivo.

Quizás sea lícito encontrar en ese poema de Borges un eco de este otro poema de Quevedo, "Reloj de arena", en el cual las alternativas -igualmente dos- son ambas funestas. Una alternativa es, como en Borges, la muerte, que aquí también será la gran aniquiladora de la zozobra que angustia al protagonista, quien padece una pena amorosa que parece tan insoluble como un laberinto. La segunda alternativa es, otra vez como en Borges, el sinsentido de la vida: el amante, incapaz de hallar salida a su laberinto, no tiene más remedio que sufrirlo, sin que dicho sufrimiento tenga propósito ni finalidad alguna. El final de "Reloj de arena" dice así:
ya sé, ya temo, ya también espero
que he de ser polvo, como tú, si muero,
y que soy vidrio, como tú, si vivo.
Además de las similitudes conceptuales, ya dichas, hay otras semejanzas, quizás hasta más visibles, entre dos de los versos citados, que aquí anoto juntos para su comparación:
No existe. Nada esperes. Ni siquiera...

ya sé, ya temo, ya también espero...
Ambos versos se articulan en tres partículas. Ambos versos utilizan el verbo esperar, y lo utilizan en ambas ocasiones para señalar una espera funesta, desventajosa y hasta próxima a la tragedia. Las tres partículas del verso de Borges van precedidas por una sola idea, la negación (no, nada, ni); las del verso de Quevedo, también por una sola idea, nombrada con la palabra ya, la cual sirve, como la negación de Borges, para remarcar lo inevitable de la situación descrita. Por último, no es semejanza menor que ambos versos aparezcan casi al final del poema, en la solución misma del texto, de manera que ambos sirven para hacer llegar, fluidas y naturales, la última rima y la última imagen de sus respectivos textos.

Y sin embargo, ambos versos son tan divergentes, tan distintos en su intención y en su contexto, que suponer una cita de uno a otro autor, un guiño culto como los que el mismo Borges identifica en los poemas de Quevedo y que mencionábamos casi al inicio de esta nota, parece forzado e inadecuado, fruto de una hermenéutica que renuncia a las evidencias y acaba por afirmar algo que no puede probar. Parece más probable que nos encontremos frente a una cita inconsciente, un resto de Quevedo que permaneció en la mente de Borges, por no sé cuántos años, hasta que afloró en el momento en que el argentino trataba de rematar un poema, "Laberinto", que en sus primeros 12 versos era perfecto y exigía un final de gran altura. Imaginamos el tamaño de su esfuerzo, de su concentración. Lo imaginamos bucear en lo más íntimo de la mente hasta dar con la fórmula rítmica y conceptual adecuada, el cierre perfecto para un poema superior. El poema, sin duda, le gustó, pues lo incluyó después en alguna de sus antologías personales. También el poema de Quevedo debe haberle gustado bastante, pues lo incluyó en la Antología poética a la que nos referíamos casi al inicio de esta nota.

Suponiendo, como lo hacemos, que la presencia de Quevedo en el poema de Borges no es consciente, ¿se habrá percatado éste alguna vez de las semejanzas que aquí expongo? Iba a decir, "de las semejanzas que aquí encuentro", pero no tengo indicios para suponer que nadie, antes que yo, ha encontrado estas semejanzas cuyo hallazgo por poco me atribuyo. En cuanto a Borges, dudo que atribuyera la menor importancia a la cuestión. ¿Qué más da si un poema cita a otro poema, si a fin de cuentas la Biblioteca de Babel los contendrá a todos, con sus comentarios, sus citas mutuas, concordancias, fes de erratas y notas al pie, sus relaciones, glosas, reediciones y resúmenes, sus extractos y antologías y hasta las ediciones para niños y aquellas que, en lenguas aún desconocidas, se escribirán para la humanidad futura?

Una última digresión. De Gabriel Zaid es aquella idea (o al menos él la publicó primero) de utilizar la máquina de cantar (esta misma sugerida por Machado; aunque: ¿no concibió Orwell un artilugio similar para su distopía?) para escribir de una vez por todas, de manera automática, todos los sonetos del idioma español:
Cabe soñar en otras aplicaciones de la máquina de cantar. Por ejemplo: escribir de una vez por todas los sonetos que falten de escribir. Afortunadamente, sólo hay un número finito de buenos sonetos posibles, como se puede demostrar.

Consideramos los sonetos que puedan escribirse en una máquina para lengua española (puede ser otra lengua). En particular, los sonetos endecasílabos de rima grave en los catorce versos (puede partirse de otro caso). Aceptamos que en español no hay sílabas que requieran más de siete golpes de tecla (puede partirse de otro número). Añadamos una tecla nula: ni escribe ni hace avanzar el carro. Basta con eso.
El texto citado, "Demostración sobre el soneto", forma parte del libro La poesía en la práctica. A los párrafos arriba transcritos siguen algunas precisiones de infalible verdad: el número de sílabas y de combinaciones de teclas es finito. Es así que el número de sonetos "habidos y por haber en español" es también finito.
Luego, sólo hay un número finito de buenos sonetos posibles. Si el mundo no se acaba, y se persiste en escribirlos, algún día alguien estará escribiendo el último buen soneto de la literatura universal.
El poema "Laberinto" de Borges es, por cierto, un soneto, y de hecho es un soneto muy perfecto y conservador. Hasta cabe en la categoría más elemental del soneto, aquel "endécasilabo de rima grave en los catorce versos" que sirve para explicar el funcionamiento de la máquina. No hablemos más de originalidad: bastará con que nos sentemos a esperar, y un día lo veremos aflorar, idéntico y perfecto, de aquella generosa máquina que algún geek con aficiones filológicas y demasiado tiempo libre ya se habrá puesto sin duda a programar. Con suerte (ese tipo de suerte incierta pero probable que se necesita para, por ejemplo, ganar el premio mayor de la lotería) no habrá que esperar mucho y antes de morir habremos descubierto el poema de Borges. El mérito de su escritura no podrá ser nuestro; ni siquiera podrá ser de Borges, quien se limitó a adelantar una combinación prevista en los elementales algoritmos de la máquina. ¿Pero es que América fue edificada roca sobre roca, y témpano por témpano la Antártida, para dar la gloria a sus conquistadores? En el descubrimiento de las realidades hechas, en el esbozo y la intuición de su existencia posible, no hay menos mérito ni menos imaginación que en la creación misma. La propia creación literaria, desde cierto punto de vista, no es más que el descubrimiento de las relaciones posibles entre los signos y los términos de un lenguaje prefijado. Luego entonces...

La originalidad. La ignorante superstición de la originalidad.

viernes 19 de junio de 2009

UN HUEVO LIMPIO Y BLANCO

Desde hace algunos años, con poca disciplina, he intentado traducir a Robert Herrick, el poeta inglés del siglo XVII. Herrick es un autor virtualmente desconocido en nuestra lengua; con los dedos se cuentan las traducciones de sus poemas, todas ellas dispersas, fragmentarias y casi inasequibles.

Herrick es un autor del que mucho podemos aprender. Su poesía no es de esa Poesía con mayúsculas que se ancla en el Ser (lo que sea que ello signifique, Dr. Heidegger), esa Poesía que sólo conoce excesos, profundidades y trascendencias. No, nada de eso. La poesía de Herrick se antoja más terrenal, más saludable y amable. Herrick es un poeta que se sabe humano-demasiado-humano. Uno que, cuando canta al amor, habla de amores terrenales que festivamente se resuelven en la cama. Los pezones de su amada Julia, el sudor, el aroma y el vestido de la dama son temas de su poesía.

Anacreóntico quizás sea el adjetivo que mejor le convenga a nuestro poeta, pero es más que eso. Meditativo y pesimista por momentos, comparte un aire de familia con Ricardo Reis y los Rubaiyat. En sus versos palpita cierta ironía, mitad trágica y mitad cómica, que a los modernos nos hace mucha falta, tan serios como somos, tan llenos como estamos de temores y de culpas.

Traducirlo ha sido fatigoso. Si se traduce de manera literal, suena pedestre. Las delicadas aliteraciones del idioma inglés, la cadencia inglesa que alterna con soltura sílabas acentuadas y sin acentuar, le sirven a Herrick para vestir de esplendores imágenes de crudeza anatómica y hasta fisiológica. Traducir a Herrick es reescribir a Herrick; pulirlo hasta encontrar el tono que, en la lengua de este lado, capta la intención y el contenido del original.

Un poema de dos versos, de factura sin tacha y todo regocijo, puesto tal cual en español alcanza niveles de insólita banalidad:
Her legs
Fain would I kiss my Julia's dainty leg,
Which is as white and hairless as an egg.
Llevado, literal, al español, el poema suena así:
Sus piernas
Gustoso besaría la pierna deliciosa de mi Julia,
la cual es tan blanca y tan lampiña como un huevo.
El adjetivo mismo que Herrick usa para referirse a la pierna de su amada ("dainty") es engañoso. "Deliciosa" es una manera de traducirlo. "Delicada" y "fina" son otras opciones, como también lo son "sabrosa" y "exquisita". ¿Qué se hace con un adjetivo que refiere de igual manera cualidades espirituales y culinarias?

No vale la pena enumerar las decenas de intentos por dar a la traducción una justa personalidad, acorde simultáneamente con el original y con oídos habituados a las sílabas redondas del español. El poema (cuya rima y métrica no representaron, por cierto, un obstáculo menor) quedó así:
Sus piernas
Un huevo, limpio y blanco: así se mira
la deliciosa pierna de mi Julia
donde un beso, con gusto, le daría.
A otro le habría quedado mejor. Yo tuve que añadir un tercer verso, cambié la rima consonante por asonante y (lástima) no pude rescatar la métrica original, aunque sí encontré una medida nueva de 11 sílabas por verso. No se oye tan mal, ni nada falta: están presentes aquel huevo lampiño, la sabrosa pierna y el gustoso beso. Al menos fluye, no exento de limpieza, y quizás tampoco exento de algún eco de la belleza que tenía el poema original.

Así fue como las blancas piernas de Julia, que acaso se desnudaron en una alcoba de Londres en aquel lejano 1600, saltaron el mar y los siglos y aquí, por labios que hablan español, serán otra vez besadas.

viernes 12 de junio de 2009

EL HIJO DE LOS HITLER

Adolfito, el hijo de los Hitler. Es el nombre de una de las etiquetas de este blog, bautizada así como recordatorio de este poema de Wislawa Szymborska (la traducción, publicada por el Fondo de Cultura Económica, es de Abel A. Murcia):
PRIMERA FOTOGRAFÍA DE HITLER
Wislawa Szymborska

¿Y quién es este niño con su camisita?
Pero ¡si es Adolfito, el hijo de los Hitler!
¿Tal vez llegue a ser un doctor en leyes?
¿O quizá tenor en la ópera de Viena?
¿De quién es esta manita, de quién la orejita, el ojito, la naricita?
¿De quién la barriguita llena de leche? ¿No se sabe todavía?
¿De un impresor, de un médico, de un comerciante, de un cura?
¿A dónde irán estos graciosos piececitos, a dónde?
¿A la huerta, a la escuela, a la oficina, a la boda
tal vez con la hija del alcalde?

Cielito, angelito, corazoncito, amorcito,
cuando hace un año vino al mundo,
no faltaron señales en el cielo y en la tierra:
un sol de primavera, geranios en las ventanas,
música de organillo en el patio,
un presagio favorable envuelto en un fino papel de color rosa.
Antes del parto, su madre tuvo un sueño profético:
ver una paloma en sueños, será una buena noticia;
capturarla, llegará un visitante largamente esperado.
Toc, toc, quién es, así late el corazón de Adolfito.

Chupete, pañal, babero, sonaja,
el niño, gracias a Dios, está sano, toquemos madera,
se parece a los padres, al gatito en el cesto,
a los niños de todos los demás álbumes de familia.
Ah, no nos pondremos a llorar ahora, ¿verdad?,
mira, mira, el pajarito, ahora mismo lo suelta el fotógrafo.

Atelier Klinger, Grabenstrasse, Braunen,
y Braunen no es una muy grande, pero es una digna ciudad,
sólidas empresas, amistosos vecinos,
olor a pastel de levadura y a jabón de lavar.

No se oye el aullido de los perros, ni los pasos del destino.
El maestro de historia se afloja el cuello
y bosteza encima de los cuadernos.
La lección del día: entre la inocencia y la monstruosidad media un trecho demasiado corto; unos cuantos años, dos o tres ideas bien aprendidas, unos cuantos sucesos funestos. O quizás es otra la lección: que es una y la misma la naturaleza del bien y del mal. O acaso: que es imposible dilucidar la verdadera condición del mal, que su naturaleza es demasiado escurridiza, demasiado subjetiva, indistinguible. O que el bien y el mal son mera cuestión de perspectivas. O quizás: lo inexorable del destino; o en contrario: lo desastrosamente incierto que el futuro es, lo fácil que resulta torcer el rumbo y propiciar catástrofes y demonios. Los demasiados trucos del azar. Lo vacuo que resulta aún pensar en la esencial bondad del hombre y de la naturaleza.

Siempre me aturde aquella parte del poema que habla de las señales en el cielo y en la tierra. La mención del sol y los geranios, y el sueño de la madre, me llenan de una congoja helada, áspera, dura. Es demasiado cruel obligarse a contemplar el horror (que no se nombra) en las imágenes de una felicidad tan luminosa como doméstica y hasta trivial. Es bucear demasiado lejos, al fondo donde nuestras certidumbres diarias pierden todo significado y no hay lógica ni sentido común de los cuales echar mano para comprender.

Wislawa sabe bien cómo invocar a los monstruos.

sábado 6 de junio de 2009

FRAGMENTO XXVIII: EL PELIGRO NEGRO

De Alberto María Carreño (Alberto María Carroña, lo llamaban sus adversarios), historiador mexicano, transcribo aquí algunos párrafos del discurso que a los 30 y tantos años pronunció en la sesión solemne de la Sociedad de Geografía y Estadística, el 28 de abril de 1910, ante el General Porfirio Díaz, a la sazón Presidente honorario de la mencionada Sociedad (y también, por cierto, Presidente de México). El discurso fue recogido ese mismo año en el cuadernillo que ha llegado hasta nuestras manos y que se titula El peligro negro:
Vamos, pués, a examinar si sería conveniente para nosotros la inmigración negra, y para ello analizaremos en forma breve, las notas salientes de la raza y las dificultades que su existencia ha ocasionado á los países donde habitan blancos también. (p. 3)

Lo primero que ocurrió [en los Estados Unidos] después de que los negros quedaron libres, fué el aumento de su mortalidad; y un sabio etnólogo, Mr. Edward Fontain, llegó á la conclusión, después de haber estudiado el caso, de que sin duda la competencia que iniciaban con los blancos era la única explicación de quel fenómeno, porque 'siempre que una raza de tipo inferior ha estado obligada á competir con una superior, ya mezclada, ha desaparecido de la tierra.' Y no puede negarse la inferioridad de la raza negra. 'Es seguro, dice el Profesor Owen, que durante 300 ó 400 años debe haber tenido la raza negra oportunidades para obtener un avance; pero ha carecido de inteligencia para aprovecharlas... (p. 5)

Los defectos del hombre de color para los trabajos agrícolas son patentes, y esos defectos, así como sus vicios, son en todo semejantes á los del negro americano que habita en el Sur de los Estados Unidos. No sólo el negro es inepto para la recolección de los frutos, y resultan para él excesivas las labores que reclama el cultivo del tabajo, por ejemplo; sino que por naturaleza es perezoso é indolente, y los únicos trabajos para los cuales tiene mayor aptitud son aquellos que puede ejercitar fuera del campo. (p. 8)

Pero todavía debemos agregar: que una de las razones por las cuales los habitantes del Sur [de Estados Unidos] se oponían a la liberación de los negros se hacia consistir en que éstos, indolentes y perezosos, trabajaban, sólo, por regla general, cuando á ello se les obligaba por la fuerza. No puede negarse que los negros á quienes llama Lossing "nuestra grande y perpetua calamidad" fueran la causa de la guerra que ha costado mayores sacrificios de hombres y de dinero á los EE. UU. (pp. 9-10)

El negro odia á los blancos con todos los odios de que es capaz; y como sabe que es la mujer lo que éstos más cuidan y respetan á ella escoge, cada vez que se presenta una ocasión propicia, como instrumento de sus anhelos por vengar los agravios de su raza [...] Y los atentados se suceden los unos á los otros: aun en las ciudades más populosas las mujeres suelen ser atacadas, no importa cual sea su edad, puesto que el negro sólo trata de herir al blanco en sus afectos. (p. 10)

Estudiados todos estos antecedentes ¿puede convenir que el negro venga a establecerse en nuestra república? Indudablemente que no. Bastante árido es ya el problema indígena que México tiene que resolver, y respecto del cual nos hemos ocupado más de una vez en esta misma tribuna, para que lo compliquemos con la peor de las complicaciones. El indio, sufrido y paciente como pocos seres humanos, sería la primera víctima del negro, pues aprovechando esa humildad suya, éste trataría de ejercer en aquel los malos tratamientos de que antes había sido objeto de parte de los blancos en su propio país... (pp. 11-12)

Por lo que respecta al peligro negro, debemos tener fe en que México se verá libre de él. Nuestro Gobierno, encabezado por el Sr. Gral. Díaz, Presidente honorario de esta sociedad, ha demostrado en más de una ocasión, que cada vez que surge algún problema de importancia, lejos de resolverlo con precipitación, lo ha estudiado con toda calma y aun ha solicitado el concurso de ciudadanos prominentes para que lo examinen también, como cuando se trató de establecer el actual sistema bancario; como cuando se pensó en modificar nuestra moneda; como cuando se ha deseado analizar todos los factores relacionados con el crédito agrícola; como cuando se presentó un problema semejante á este en que hoy nos hemos ocupado: el relativo á la inmigración china (p. 13)
Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, Carreño, cuyo nombre lleva la Biblioteca de la misma Academia, falleció en la Ciudad de México en 1962. Francisco Fernández del Castillo, en sus Semblanzas de Académicos (Ediciones del Centenario de la Academia Mexicana. México, 1975, 313 pp.), escribió, acaso con involuntaria ironía, que Carreño falleció "el miércoles 5 de septiembre de 1962, a los ochenta y siete años de edad, cuando aún gozaba de completo vigor físico y de admirable diafanidad mental". La semblanza escrita por Fernández del Castillo, de la que hemos subrayado tan singular enunciado, está recogida en la sección de humanistas del sitio web "Nuestros centenarios", publicado por la Universidad Virtual Alfonsina.

sábado 10 de enero de 2009

HAY ALGO PODRIDO EN DINAMARCA

El 17 de abril de 1979 fue declarado de interés nacional por la Presidencia de Argentina el Primer Congreso Mundial de Filosofía Cristiana, próximo a celebrarse en octubre de ese mismo año en la ciudad de Córdoba.

Que un congreso de filosofía sea proclamado oficialmente como “de interés nacional” es toda una noticia y motivo suficiente para echar las campanas al vuelo. ¿Comenzaba a cristalizarse en la América Latina la perseguida alianza entre la filosofía y la política, entre el pensamiento y la acción? ¿El sueño que dos mil años atrás ya acariciaba Platón se hacía realidad en la Argentina?

Una inquietud, cierta desazón, una sensación de irremediable contradicción surge cuando las cartas se ponen sobre la mesa. El Presidente de la República Argentina era entonces el dictador Jorge Rafael Videla, el hombre que encabezara el brutal golpe de Estado de 1976. Esto es 1979 y la junta militar lleva tres años en el poder. Faltarán aún cuatro años para que la democracia regrese a la Argentina y Videla sea juzgado por sus crímenes y condenado a la prisión perpetua. Esto es 1979 y estamos frente a un congreso de filosofía cristiana declarado de interés nacional por un gobierno apuntalado en las armas de una junta militar.

Impulsado y encabezado por la alta jerarquía eclesiástica de Argentina, con la intención de aglutinar "a todos los pensadores auténticamente católicos" (esta cita y las siguientes son del primer volumen de las memorias del Congreso, impresas por la Sociedad Católica Argentina de Filosofía entre 1980 y 1984), el Congreso de Filosofía buscó desde el inicio el apoyo gubernamental, como consta en estas líneas escritas por el Dr. Alberto Caturelli, Presidente de la Comisión Ejecutiva encargada de organizar el evento:

En los preparativos transcurrió el año 1978 y era necesario interesar al Gobierno Nacional en una empresa que comprometía tan gravemente a la Argentina. Por ese motivo, en diciembre obtuvimos [Caturelli y Mons. Dr. Octavio Derisi, Presidente de la Comisión Organizadora] una entrevista con el Presidente de la Nación quien comprendió inmediatamente la trascendencia del Congreso y nos brindó su ayuda. En la nota que dejamos en sus manos hacíamos referencia a “la especialísima situación de la Argentina en medio de un mundo en crisis” y al papel que puede jugar el pensamiento católico en la construcción de su futuro. El 17 de abril de 1979, el Congreso fue declarado de interés nacional (p. 16 del primer volumen de las memorias).

Las mismas memorias cuentan que Videla asistió al primer día del Congreso. Estuvo en la misa inaugural, oficiada por el Arzobispo de Córdoba, Mons. Dr. Raúl Francisco Cardenal Primatesta, y en seguida acudió al Teatro Libertador General José de San Martín, donde pronunció el discurso de apertura. El discurso de Videla está incluido en las memorias. Habló de los valores cristianos, de la búsqueda de la verdad, del bien común. Fue breve, puntual e irreprochable. “La filosofía sigue siendo uno de los pilares fundamentales de nuestra civilización”, añadió casi al término de su discurso.

Se impone preguntar qué llevó a un grupo de hombres sabios, presumiblemente comprometidos por convicción personal con la caridad y la verdad (dada su filiación cristiana), a participar en un Congreso auspiciado por una dictadura militar. ¿Qué los llevó a Córdoba en 1979? Se entiende (porque ha ocurrido miles de veces en la historia) el vínculo que existía entre la jerarquía eclesiástica del lugar y los dueños del poder. De esa jerarquía y de ese vínculo emanó el Congreso. ¿Pero los demás? ¿Será que el anhelo sincero por fundar los pilares de una verdad que juzgaban incontrovertible hizo a los filósofos pasar por alto las circunstancias seculares del Congreso? ¿Una vez más el fin justificó los medios?

Conocí a uno de los filósofos que estuvieron ahí, Agustín Basave, hombre de integridad a toda prueba y clarísima inteligencia. No dudo tampoco -no tengo razones para hacerlo- de la integridad y la inteligencia de los demás asistentes al Congreso. Es propio de las dictaduras propiciar la apariencia de legitimidad; es fácil dejarse seducir y convencer por el hijo de puta en turno. En la hora de los impostores es difícil, si no imposible, aclarar responsabilidades, intereses y lealtades. La verdad, de suyo nebulosa, se torna aún más escurridiza y esconde sus evidencias. La paradoja de esta historia es la siguiente: la celebración misma del Primer Congreso Mundial de Filosofía Cristiana, encaminado a establecer y proclamar los pilares de una verdad que a los congregados parecía tan clara, tan fácil de reconocer, está fundada en la ocultación de otras verdades, las verdades de los presos, los desaparecidos, los que fueron juzgados a la sombra y en la sombra se quedaron; las verdades de los libros quemados, de los hombres silenciados, la del doble discurso del gobierno y de su diplomacia, con sus acuerdos y sus compromisos no del todo declarados. La verdad misma se pudre. Cae del árbol, ligera, como un fruto hueco, como una mera apariencia, un simulacro de lo que pretendió llegar a ser.