viernes 20 de junio de 2008
IV. UNA NOTA SOBRE LA CABALLEROSIDAD
"Un representante consular de nuestro país en los Estados Unidos, con la más sana y patriótica de las intenciones, ha sostenido que los aztecas no sacrificaban mujeres a sus dioses; y al hacerlo, inconscientemente, les ha negado a aquellos antepasados nuestros una de sus virtudes más destacadas: la caballerosidad.
"Para el azteca lo más preciado que existía era la sangre humana y por eso la ofrecía a sus dioses. No había solemnidad religiosa en la que no sacrificara víctimas humanas para ofrendar el precioso líquido a las divinidades del panteón azteca.
"Ahora bien, si los aztecas no hubieran sacrificado mujeres a los dioses, esto querría decir que menospreciaban a la mujer, al extremo de no considerar su sangre digna de la divinidad. Y esto no era así.
"Como muchos de ustedes saben, el año mejicano estaba dividido en 18 meses de 20 días cada uno, más cinco días adicionales que se consideraban aciagos. El primer hombre -y uno de los pocos- que con espíritu científico analizó la antigüedad azteca, Fr. Bernardino de Sahagún, nos ha conservado en el tomo I de su obra titulada 'Historia de las Cosas de Nueva España', la relación pormenorizada de las festividades religiosas que celebraban en cada uno de los 18 meses. De estas relaciones se desprende que, al menos en 8 y a veces 9 de estas festividades, se sacrificaban mujeres para ofrecer su sangre y los últimos latidos de sus corazones a las divinidades del panteó azteca, de acuerdo con un ceremonial estricto y protocolario y con acompañamiento de danzas rituales en las que a menudo debía tomar parte la misma víctima.
"En las solemnidades dedicadas a divinidades femeninas la víctima principal era siempre una mujer ataviada con igual indumentaria que la diosa. Los meses consagrados a estas deidades eran los de Tecuilhuitontli, Hueytecuilhuitl, Ochpaniztli, Quecholli y Tititl; y las diosas representadas por mujeres Huiztocihuatl, Xilonen, Toci, Coatlicue e Ilamatecutli respectivamente.
"El sacrificio, siempre solemne y presenciado por la multitud, revestía formas variadas. En ciertas festividades se le arrancaba el corazón a la víctima aún viva, abriéndole el pecho con un cuchillo de pedernal mientras estaba recostada sobre la piedra de los sacrificios que los cronistas llaman tajón. Otras veces se le degollaba previamente estando recostada sobre la espalda de un hombre. En ocasiones se le desollaba cuidadosamente y un mancebo robusto vestíase con su piel. En otras bailaba la víctima, y después de degollada, un sacerdote vengaba a San Juan en una danza ritual en que llevaba la cabeza por los cabellos.
"En las festividades de Tlacaxipehualiztli, Tepeilhuitl y Panquetzaliztli, que no estaban consagradas a divinidades femeninas, también morían mujeres y no una sino varias o muchas, cuyas carnes de los brazos y piernas, en la segunda de las fiestas mencionadas, después de haber sido guisada con maíz y sazonadas, eran consumidas por el pueblo en una especie de comunión ritual, en los barrios de la ciudad.
"Al describir a ustedes estas ceremonias sangrientas que parecen horripilantes a los ojos de la cultura occidental, he perseguido dos fines: el primero, hacer una pequeña rectificación histórica en defensa de la caballerosidad de los aztecas que sí sacrificaban mujeres, y muy a menudo por cierto, a sus dioses, porque las consideraban sus iguales y por consiguiente dignas de ser inmoladas a la divinidad. Y segundo, describir a ustedes brevemente algunas ceremonias de la civilización azteca; civilización que hoy se trata de restaurar".
Rafael García Granados. "Los sacrificios de mujeres (Radio-charla)", en Filias y fobias: opúsculos históricos. México: Editorial Polis, 1937. (pp. 145-147)

