viernes, 8 de agosto de 2008

XI. CAPÍTULOS OLVIDADOS DE LA HISTORIA DE LA CIENCIA (1a. PARTE)

"Fué casi universal, entre los antiguos, la opinión de que los astros están animados. Parecíales a los antiguos que no se debía reducir la vida a los estrechos límites de la Tierra, y así la diseminaron por todos los ámbitos de la creación.

"Pensaban que los cuerpos celestes estaban informados por alguna alma divina, angélica o celeste, que se ocultara en el seno de aquellos astros resplandecientes. Esta creencia fué tal vez causa o efecto de las adoraciones idolátricas del sabeísmo y prácticas supersticiosas de los gentiles. Y tan arraigada debió de estar esta creencia, que, según cuenta Josefo, Anaxágoras fué desterrado de Atenas y condenado a muerte por haber enseñado que el Sol no es más que una piedra incandescente o mole de fuego, falto de vida y de inteligencia.

"Más aún: ni en los primeros siglos de la era cristiana se llegó a desarraigar por completo esta creencia, pues hasta el mismo Orígenes, San Jerónico y San Agustín concedían algún grado de probabilidad a la vitalidad o animación de los astros.

"Si se pregunta de qué clase de almas se suponía animados a los astros, diremos que:

"[alfa] Algunos anunciaban que Dios era el alma de los cielos.

"[beta] Platón creía que estaban animados por espíritus de segundo orden o dioses de inferior categoría.

"[gama] Aristóteles, casi del mismo parecer que Platón, creyó en la animación de los cielos inmortales, incorruptibles y llenos de vigor.

"[delta] Alberto Magno, por no separarse, sin duda, de la opinión de Aristóteles, les atribuyó unas almas equívocas.

"[épsilon] Santo Tomás, siguiendo las huellas de su maestro, se inclinó también a la animación de los astros, pensando, tal vez, que esta controversia no es de fe, pues quizá no sabía que en el V Concilio Ecuménico de Constantinopla había sido decretada la condenación de la sentencia relativa a las almas sidéreas. Por el contrario, fué combatida esta creencia por las plumas de San Ireneo, San Basilio, San Cirilo, San Juan Crisóstomo, San Gregorio Nazianceno, San Juan Damasceno, San Ambrosio y otros.

"Pero quien le dió el golpe de muerte fué el Conciclio constantinopolitano, celebrado en 553, en la siguiente definición, formulada contra los origenistas: 'Si alguno dijere que el cielo, el sol, la luna, las estrellas o las aguas que están sobre los cielos son seres animados, sea excomulgado.'

"Más tarde, Téllez, Tanner y los Conimbricenses, aun sin tener tal vez noticia del Decreto del Concilio de Constantinopla, refutaron esta creencia, teniéndola por errónea. Capréolo, Vázquez y Pereira, la calificaron de contraria a la sana doctrina, y Pineda llamó dogma eclesiástico a la doctrima [sic] de la inanimación de los astros.

"¿Cómo se explica la ignorancia de Alberto Magno, Santo Tomás y los escolásticos respecto del decreto condenatorio de los cielos animados? He aquí lo que dice un escritor:

" 'El obispo de Cesarea, Teodoro, padrino de los origenistas, viendo cuán mal parados quedaban sus partidarios en el discurso del emperador Justiniano que anta la Asamblea del Concilio de Constantinopla había refutado los errores de Orígenes, ningún ardid dejó por tentar para que fuesen entregados a eterno olvido y cercenados de las actas del Concilio todos los papeles concernientes a la condenación de los origenistas. Por desgracia sucedióle bien su dañado intento: las piezas condenatorias burlaron las diligencias de la vista' (Juan Mir: La Creación, 1890, cap. XXVIII, pág. 497).

"Así declara el eruditísimo Labbé cómo no hizo Nicéforo en su historia mención de estos instrumentos y cómo se ocultó a la perspicacia de los escolásticos la condenación de los cielos animados, hasta que más adelante la erudita curiosidad y la diligente pesquisa dieron con la trama y restituyeron a la libertad de la luz todas las actas del Sacrosanto Concilio".

El espiritismo moderno por el R. P. Eustaquio Ugarte de Ercilla de la Compañía de Jesús. Barcelona: Ramos Editor, 1916. (pp. 96-100)