viernes 12 de septiembre de 2008

XVI. CAPÍTULOS OLVIDADOS DE LA HISTORIA DE LA CIENCIA (2a PARTE)

"Así estaban las cosas cuando el 5 de septiembre de 1877, Marte se presentó en las mejores circunstancias para la observación con un disco de veinticinco segundos de arco y a una distancia análoga a la que lo separó de nosotros en la oposición de 1924. Schiaparelli, el director del Observatorio de Milán, emprendió el estudio sistemático del planeta, señalando trigonométricamente las principales configuraciones. El primer mapa trazado por el astrónomo italiano fué una verdadera revelación: nuevos ríos aparecieron inscritos en el catálogo; numerosos continentes dejaron sitio para nuevas islas, y todos los mares recibieron nombres tomados de la Mitología.

"Pero al poco tiempo cambió la decoración: el mapa de 1877 no ofrecía en realidad nada de extraordinario: los siguientes fueron otra cosa. Exceptuando las líneas que marcaban el litoral, los trazos curvilíneos desaparecieron del plano: todo estaba trazado con tiralíneas y a escuadra; se diría que el planeta estaba rodeado por una red artificial, y en la nueva nomenclatura los ríos recibieron el nombre de canales.

"La palabra canal, inventada poco antes por el Padre Secchi, encerraba algo misterioso por artificial: inmediatamente se desencadenó la curiosidad del público, ansioso de tener la clave del enigma.

"¿Por qué cambió Schiaparelli de modo de dibujar, en el intervalo de diez años? Esta era la verdadera pregunta que habría debido formularse, pero nadie se fijó en el detalle, y la palabra canal recibió una calurosa acogida: la prueba es que desde hace cuarenta años estamos oyendo hablar de los canales de Marte. Con su red de trazos sombríos rectilíneos, algunos de los cuales alcanzabas hasta 5.000 kilómetros de longitud, Marte se presentaba como el más interesante de todos los planetas; las últimas observaciones del astrónomo italiano, publicadas después de la oposición de 1887, lo presentaron como el mundo más extraño que se pueda imaginar.

" 'En ciertas ocasiones -escribía- los canales se desdoblan.' Así, en el sitio donde la víspera había visto un trazo sombrío, Schiaparelli comprobaba la presencia de líneas paralelas a 200 kilómetros la una de la otra: el sabio llegó hasta citar un caso de desdoblamiento en que los componentes llegaron a presentar un intervalo de 800 kilómetros.

"Y naturalmente, por espíritu de imitación, fueron numerosos los observadores que, a partir de este momento, comprobaron los famosos desdoblamientos, pero se produjo un hecho capaz de poner en duda el sorprendente fenómento: durante la oposición de 1886, mientras que Perrotin y Thollon observaban, en Niza, canales claramente dobles, Schiaparelli, en Milán, persistía en verlos sencillos.

"Aquellos resultados, que llegaban casi a lo maravilloso, iban a quedar eclipsados por uno de los adoradores más fervientes del planeta Marte, al que Lowell, a pesar de su edad madura, había resuelto consagrar su vida y sus recursos. El observatorio que mandó edificar se elevaba en el Arizona, en Flalgstaff [sic, por Flagstaff], estación favorecida por una atmósfera extremadamente límpida, a 2.200 metros de altura. Sin ser una cosa extraordinaria, el instrumento de que se servía Lowell poseía un objetivo de 61 centímetros de abertura. Esto era poco para un americano, pero un objetivo semejante hubiera hecho la felicidad de un observatorio francés. Lowell contaba además con el hermoso cielo de Flagstaff, y a partir de 1894 emprendió un atento estudio del planeta misterioso.

"El primer cuidado del nuevo astrónomo fué encarecer los detalles dibujados por Schiaparelli: a juzgar por sus afirmaciones, el número de canales registrados en Flagstaff llegaría a la cifra formidable de más de 600.

"Cosa extraña: todos estos canales son rectilíneos; esta tendencia se hace sentir aun sobre el trazado de los mares; los últimos globos de Marte, constuídos según las observaciones de Lowell, representan esferas materialmente cubiertas de telas de araña, y obsérvese que en los sitios en que se cruza esta multitud de canales, las intersecciones se presentan bajo la forma de pequeñas manchas redondas. ¿No era esto suficiente para intrigar al menos curioso de los terrestres?

"-Todo eso -dice Lowell- es artificial. ¿Preguntan ustedes qué son esas manchas redondas? Pues, sencillamente, oasis. Ante la escasez de agua, los marcianos, más inteligentes y civilizados que nosotros, han sabido utilizar el deshielo de las nieves polares. No sean ustedes incrédulos: esos oasis, unidos por canales rectilíneos, son indicios de una sabia irrigación, que dirige hacia la vegetación el agua necesaria. Cuando un canal resulta insuficiente, los ingenieros, que lo han previsto todo, abren grandes esclusas y lanzan el precioso líquido por un canal paralelo al primero. En realidad, estos canales no tienen la suficiente anchura para que los veamos desde tan lejos; las líneas que distinguimos son indudablemente los bordes de esta gran canalización, que se cubren de vegetación cuyo desarrollo varía con las estaciones.

"¿Para qué buscar por otros caminos la prueba de que Marte está habitado? No vemos a los marcianos, pero asistimos desde lejos a sus trabajos, y tanto vale lo uno como lo otro.

"No tenemos motivos para poner en duda la buena fe del observador americano, pero sí valdría la pena buscar uan explicación de estos extraños casos de deformación visual. ¿Por qué Lowell y los astrónomos que observaron en Flagstall [sic, por Flagstaff] no vieron igual que los otros? ¿Cómo pudo hacer adeptos en América el método inaugurado en Italia?

"Es indudable que con ayuda de un instrumento de mediana potencia y en buenas condiciones de observación, se ve sobre Marte una topografía objetiva y real. La aparición de manchas sombrías más o menos redondas es un fenómeno natural que se explica fácilmente: pasado cierto límite de magnitud, todas las manchas parecen redondas. Pero lo verdaderamente extraordinario es que se representen los detalles observados bajo la forma de trazos rectilíneos, delgados y angulosos. Esto deber ser un asunto de educación de la vista. ¿No tenemos en Europa una escuela cubista que pretende representar lo real?

"Estaba yo haciéndome estas reflexiones y algunas más, cuando, en 1909, tuve la suerte de encontrar en París a un amigo de Lowell, profesor de arquitectura en una de las mayores Universidades americanas. Le comuniqué mis dudas, y he aquí lo que me dijo: en las clases de dibujo de los Estados Unidos se acostumbra a los alumnos a fijar las normas de un objeto con ayuda de líneas rectas: un arco de círculo máximo se convierte así en un contorno poligonal.

"La cosa podría pasar si se utilizara este procedimiento, muy legítimo, para un simple croquis, pero con mucha frecuencia a esto se reduce todo, y el dibujo, bosquejado a toda prisa, se considera terminado.

"En este momento estoy contemplando un álbum de dibujos de Marte, que graciosamente me ha donado hace algunos años el propio Mr. Lowell. Dios me libre de criticar a nadie, pero un astrónomo que quisiera representar al planeta Marte tal como lo vemos en nuestros instrumentos no podría contentarse con semejantes croquis. Todo esto no es más que un esquema; los rasgos dan al disco un aspecto antinatural, que no se parece a esos tonos difusos que se ven siempre sobre los bellos dibujos terminados y sobre las fotografías obtenidas recientemente en el Observatorio de Mont Wilson.

"En cuanto a la duplicidad de los canales, señalada por Schiaparelli, Lowell y algunos más, ha originado las más vivas discusiones entre los astrónomos. Unos la explican como un defecto de contraste; otros, como yo imaginé al principio, creen que el desdoblamiento se debe a una ilusión óptica; pero confieso que ninguna hipótesis me satisface hasta ahora por completo". [Nota al pie: "Hace mucho tiempo que se conoce el fenómeno de diplopia monocular, cuya explicación fuí el primero en dar; aumenta con la edad del observador, cuyo ojo se acomoda cada vez con mayor dificultad"].

Th. Moreux [abate Moreux, director del Observatorio de Bourges]. La vida en Marte. Madrid: Aguilar (sin año; la edición original en francés data de 1924). Traducción de Ignacio López Valencia. (pp. 30-39)