viernes 17 de octubre de 2008

XXI. CONVERSACIONES DE ULTRATUMBA (1a PARTE)

"30 DE MARZO DE 1932

"Quise comunicarme hoy con madame Recamier, la famosa dama que tanto figuró por sus prendas y belleza en la época de Napoleón Bonaparte. Dejaré a un lado lo que me reveló acerca de su amistad íntima con el Emperador Napoleón y sólo transcribiré el relato de una de sus fiestas, celebrada recientemente.

"La mesita empezó a moverse y a marcar:

"-Soy madame Recamier.

"Después de cerciorarme de que hablaba realmente con un espíritu culto que tenía todas las probabilidades de ser el de madame Recamier, le pregunté:

"-Madame, ¿puede decirme cómo es el mundo donde se encuentra?

"-Es tan hermoso que no podría describirlo. No hablaré de sus bellezas naturales, ni de sus grandes ciudades. Cada espíritu tiene su mansión tan bella como puede imaginarla. La mía es una idealidad. Acabo de dar una fiesta verdaderamente regia; mis salones, que son una maravilla, estaban llenos de invitados. Allí se reunieron todos mis admiradores, entre los cuales se encontraba el Emperador Napoleón. Yo lucía un riquísimo vestido, resplandeciente de piedras preciosas. Ceñía mi frente una diadema de doce brillantes tan grandes como no los hay en la tierra. Mi collar era de esmeraldas tan hermosas que Napoleón no creía fuesen mías, pues me dijo: '¿De qué diosas son esas esmeraldas?'

"Yo repuse que eran mías y que no necesitaba pedirlas a las diosas.

"-No puedo creerlo -contestó.

"También admiró mi pulsera de brillantes, que fulguraban como estrellas.

"Deleitaba nuestros oídos una música divina.

"Después de la comida, en que se sirvieron manjares dignos de los dioses, bailamos. Yo bailé con el Emperador un minueto y un chárleston.

"Al oír esto no pude menos de sonreírme. Entonces madame Recamier, como si leyese mi pensamiento, añadió:

"-No le extrañe. Sí, bailamos el chárleston, el fox y demás música que tan en boga está en la tierra. Nosotros no somos imitadores de los hombres; al contrario, son los hombres los que nos imitan. Nosotros inventamos los bailes, su música. Esas ondas sonoras que parten de nuestro mundo son captadas por ciertas inteligencias de la tierra, y esas inteligencias, al percibir esa nueva música, creen inventarla, y como tal la ofrecen al público, cuando los verdaderos inventores somos nosotros. Así sucede con otras muchas cosas de que se creen los hombres autores o descubridores".

José Franco Ponce. Los misterios de las mesas parlantes y del soligrafón. Madrid: Librería General de Victoriano Suárez, 1934. (pp. 93-95)